La ciencia económica ha necesitado de otras disciplinas para conseguir explicar o al menos describir las leyes del comportamiento económico. La estadística es un buen ejemplo, y actualmente la psicología y el estudio del funcionamiento del cerebro humano están impulsando el saber sobre la conducta macroeconómica del modelo capitalista. Y es que los ciclos siguen siendo motivo de estudio desde que Nikolái Kondrákief formuló su teoría a principios del siglo pasado. Aparentemente las medidas que están tomando los gobiernos y bancos centrales sólo están retrasando la entrada en un nuevo escenario de, al menos, debilidad económica a causa de los desequilibrios que generarán la expansión monetaria y de deuda puestas en marcha recientemente para contrarrestar los efectos de las dificultades económicas actuales.
Dentro de las causas que generan las crisis de crecimiento de la economía a largo plazo, podríamos incluir la desconfianza como pieza importante que desvía el comportamiento de consumidores, inversores, analistas, prestamistas, etc. fuera de la racionalidad económica que en la teoría debe evitar la intensidad de los ciclos. Y es que la voluntad de las personas se ve influenciada de forma importante por la confianza o desconfianza, y por tanto las decisiones que se toman ante una misma realidad, cambian en un ambiente de incertidumbre.
Durante el boom tecnológico de finales de los noventa, no era extraño leer entrevistas en prensa que daban por concluida la inestabilidad cíclica de la economía gracias al avance que el desarrollo tecnológico estaban generando en la productividad de las empresas. Lógicamente se equivocaron, y en la reciente burbuja de deuda (que para algunos todavía continúa), los incurables optimistas no se atrevieron a presagiar tal designio injustificado, demostrándose así que el comportamiento agregado de los agentes económicos carece de medidas proactivas de prevención de una crisis profunda como la actual, aunque paradójicamente dichos agentes sepan hoy por hoy que los ciclos son inherentes al sistema, y que aparentemente son imposibles de hacerlos desaparecer.
La evidencia empírica muestra que la confianza en el sistema genera crecimiento económico. Y es que aquellos que tienen que invertir o solicitar un préstamo temen a lo desconocido, por lo que las preferencias y necesidades se modifican ante ese futuro incierto. El exceso de confianza -atributo emocional del ser humano-, genera actitudes arriesgadas y desorden en las expectativas, que tienden a exagerar el ciclo positivo hasta que un acontecimiento desencadena una corrección brusca en la confianza de los agentes económicos. En la reciente crisis, la subida de tipos además de los errores en la supervisión bancaria que no anticipó los problemas que la burbuja de activos inmobiliarios estaba creando, generó un cambio de expectativas tan intenso, que incluso puso en jaque el sistema bancario mundial y las finanzas públicas de muchos países, todos desarrollados.
La quiebra de Lehman Brothers supuso un golpe tremendo a la credibilidad del sistema bancario, ya que los bancos son de las pocas empresas de un país que no pueden quebrar -ni siquiera para que sirva de ejemplo al sector, como fue el caso-, por lo que la desconfianza generada desembocó en un comportamiento más o menos caótico de los agentes: desapalancamiento e incremento del ahorro de los consumidores, y por tanto una reducción del consumo; desapalancamiento de la deuda por parte de las empresas, con la consiguiente reducción de inversión y aumento del paro; restricción de la oferta de crédito para aquellos que lo necesitan, así como una reducción de la demanda de éste ante el panorama económico futuro; y como consecuencia de todo esto, una caída de precios que puede llegar a desembocar en una deflación, muy temida por los bancos centrales.
La desconfianza hacia el sistema financiero durante la crisis fue una actitud generada por los graves acontecimientos bancarios y por una coyuntura mal administrada. El gobierno económico de un país es un actor muy destacable en la gestión de la confianza. Una característica innata de la gestión pública es la de no anticiparse a problemas graves futuros, sobre todo si eso implica tener que enfrentarse a un descenso de popularidad. Si añadimos un proceso electoral cercano, la indecisión y el desorden están servidos. En Estados Unidos, por ejemplo, la crisis explotó en plena actividad electoral, y el actual presidente ha heredado una complicada situación que le está siendo difícil de manejar electoralmente. Hay que tener presente que para una crisis sistémica como la surgida en 2008 no existe una teoría o al menos un protocolo de actuación para hacer frente a una realidad tan imprevista y singular. Las decisiones monetarias heterodoxas están siendo vigiladas ante las probables consecuencias futuras, y la expansión del gasto público -que funcionó durante la crisis posterior a 1929- va a tener un impacto reducido, debido a que la estructura del sistema económico mundial es distinta.
La confianza por tanto se ha convertido en el objeto de estudio de economistas, que buscan explicar que las personas vamos más allá de la actitud racional en muchos aspecto de la vida. El acto de confiar implica tener esperanza en el resultado a obtener y, sobre todo, genera certidumbre en decisiones de riesgo. Existen niveles de confianza según el ámbito de relaciones que se establezcan: Individual, en el caso de relaciones interpersonales que está basada en la confianza específica hacia una persona; Grupal, que se genera a escala de grupo, y que se fundamenta en unos valores compartidos ; y Sistémico, que se plantea en ámbitos institucionales como por ejemplo la justicia, las fuerzas de seguridad, el sistema bancario, etc.
Tener confianza significa asumir un riesgo, ya que existe la posibilidad de que la parte en la que se confía no proceda de la manera esperada. Por tanto, el principal objetivo de la confianza es convertir la incertidumbre objetiva en certidumbre subjetiva, o sea reducir la percepción de riesgo. En principio, las personas que tienen mayor aversión al riesgo, o tengan baja tolerancia a niveles altos de incertidumbre, son menos proclives a confiar en los demás.
En situaciones de mayor incertidumbre, las decisiones se vuelven más difíciles si cabe, ya que la inseguridad o la duda incorporan elementos psicológicos que generan en el decisor una evaluación del beneficio/probabilidad que no coincide con el modelo racional conocido.
La toma de decisiones en ambientes de incertidumbre fue estudiado por Kahneman y Tverty, y la teoría de las perspectivas es la principal contribución. Los estudios realizados demostraron que las personas son más contrarias al riesgo cuando tienen que escoger entre ganancias potenciales, mientras son más propensas al riesgo cuando deben escoger entre pérdidas potenciales.
Tener confianza significa asumir un riesgo, ya que existe la posibilidad de que la parte en la que se confía no proceda de la manera esperada. Por tanto, el principal objetivo de la confianza es convertir la incertidumbre objetiva en certidumbre subjetiva, o sea reducir la percepción de riesgo. En principio, las personas que tienen mayor aversión al riesgo, o tengan baja tolerancia a niveles altos de incertidumbre, son menos proclives a confiar en los demás.
En situaciones de mayor incertidumbre, las decisiones se vuelven más difíciles si cabe, ya que la inseguridad o la duda incorporan elementos psicológicos que generan en el decisor una evaluación del beneficio/probabilidad que no coincide con el modelo racional conocido.
La toma de decisiones en ambientes de incertidumbre fue estudiado por Kahneman y Tverty, y la teoría de las perspectivas es la principal contribución. Los estudios realizados demostraron que las personas son más contrarias al riesgo cuando tienen que escoger entre ganancias potenciales, mientras son más propensas al riesgo cuando deben escoger entre pérdidas potenciales.
Ver tambien:
Gescofin. 5 de noviembre de 2010